TEXTOS

Movimiento perpetuo, Alonso, Alejandro G.

Desde que- hacia 1915- Marcel Duchamp hiciera del objeto encontrado, verdadero sello de experimentación, mucho se ha dicho y escrito (a favor y en contra) acerca del aporte. Hoy, nadie puede negar su trascendente contribución al conceptualismo y a la apropiación como recursos artísticos contemporáneos. Humberto Díaz, al trabajar sobre tales presupuestos, convencido de que cualquier gestión creativa (para serlo) debe dejar huella que lo diferencie, trae a la praxis cerámica cubana, su versión de cómo incorporar lo ya existente para, sobre tal base, construir propia e individualizada poética. Él, justamente, enfoca todas las intenciones posibles a lo producido por la industria (desarrollada o artesanal). Entonces, hace del artículo confeccionado, punto de partida para formulaciones que tienen, en el juego entre volúmenes masivos y dinámicos espacios, razón de existir, así como dilatado campo para especulaciones que –desde luego- están asentadas sobre lo más profundo de la conciencia. Sin desconectar pasado y futuro del presente artístico, establece un activo diálogo que desemboca-necesariamente- en la articulación de ideas, de provocaciones, luego decantadas en un discurso cuya entraña apunta hacia la posición del hombre dentro del contexto de las actuales complejidades filosóficas y a la posición del artista dentro de un mundo que se abre al universo sin haber tentado aún, definitivas opciones de realización. Renuncia, entonces, a toda actitud mesiánica, al colocarse en la humilde –pero significativa- posición de agudo mediador entre elementos, en cuya oposición se encuentre tal vez el indispensable equilibrio, cuando mete en valor cosas junto a las cuales pasamos cotidianamente sin detenernos ni poco ni mucho, dejando intacta la reveladora fuerza de los signos que en ellas subyacen. A través de la evidencia del hecho artístico como proceso, Díaz ofrece indicaciones suficientes para detonar el mecanismo de reflexiones que diseña; y, al propio tiempo, los resultados obtenidos se afilian a la necesidad del perpetuo movimiento, apoyándose sobre el criterio de que la perseguida interrelación autor-obra-espectáculo, debe ser cada vez más abierta y participante. Él, quien al exponer se expone (esto no es vano malabarismo verbal) apela a la inteligencia y a la sensibilidad de otros; da así pruebas de absoluta confianza en quienes deben hacerse –todo en orgánico anhelo- cómplices y críticos de la propuesta. La presente muestra personal del artista, debe ser considerada como lo que es: resumen de experiencias, culminación de etapas completadas a través de la fidelidad a principios estéticos cuajados a partir de coherente elaboración intelectual, que no renuncia ni a la importancia de las ideas, ni tampoco al establecimiento de una labor concreta, de acuerdo con la cual, el público puede apreciar hasta qué punto las indicaciones ofrecidas por él en anteriores intervenciones, son inseparables de un modo capaz de identificarlo. Al ofrecerlas, en unidad dialéctica, las señales antes lanzadas se concretan de manera que hacen tangibles la seriedad del planteamiento. Humberto Díaz, convencido de que la esencia de lo trascendente descansa sobre estructuras elementales, básicas, eternas, como la columna, el círculo o la espiral, procede a configurarlas desde la utilización de ladrillos, tuberías cerámicas, espejos, o factores mediáticos por excelencia (cámara y receptor de televisión) para de tal modo sugerir las urgencias que expresan a cada paso y en el fin último de los conceptos desarrollados, según directo enfrentamiento con el propio ser; su mensaje, en definitiva, se materializa gracias a la activa participación de quien contempla.